Domingo 3 a Adviento
El Evangelio
de hoy nos lleva a preguntarnos sobre la identidad de la Iglesia.
Juan, desde la
oscuridad de la cárcel, entra en la otra oscuridad del espíritu. El tiene una
idea preconcebida sobre Jesús. Pero lo que le cuentan de El quiebra su propio
esquema. Y entra en la duda. Una duda que le angustia más que las rejas mismas
de la cárcel.
Quiere
salir de sus dudas y envía algunos discípulos para que le pregunten
directamente a Jesús para que se defina El mismo.
Y resulta
curioso. Jesús no se define a sí mismo por su relación con el Padre, sino por
su relación con los hombres. “Id a
anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, los inválidos
andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen, los muertos resucitan y
a los pobres se les anuncia el Evangelio”.
La misión de
Jesús tiene como finalidad el hombre.
Hacer
más humano al hombre.
Hacer
más feliz al hombre.
Darle
más esperanza al hombre.
Anunciarles
las buenas noticias a los pobres.
Ponerse
a favor de los pobres y necesitados.
Algo
que se puede “ver” y se puede “oir”.
No se trata de
simples promesas de futuro, sino de algo que está aconteciendo ya.
Un Jesús que
se define a sí mismo como el defensor de los más necesitados, de aquellos a
quienes la religión de la Ley
excluía y marginaba.
Frente a una
Ley que sólo defendía los derechos de Dios y se daba por satisfecha por el
culto y los sacrificios a Dios, Jesús se define a sí mismo como defensor de los
derechos del hombre.
Por tanto,
saca la religión y a Dios del Templo y lo echa a andar por la calle por los
mismos caminos del hombre.
Y hace una
seria observación: “¡Dichosos los que no
se escandalicen de El!” Dichosos los que no se escandalicen:
De un Dios al
aire libre.
De un Dios
ensuciándose los pies con el polvo de los caminos.
De un Dios
empeñado en cambiar la suerte de los hombres.
De un Dios que
anuncia y defiende los derechos de los débiles.
De un Dios
que, evidentemente choca con los intereses religiosos y con los intereses de
los grandes.
¿No es también
esta la condición de la
Iglesia?
Muchos siguen
pensando en una Iglesia encerrada en las sacristías.
Una Iglesia
metida en el templo. Que ahí haga lo que le venga en ganas.
Una Iglesia
que sólo nos hable del más allá, de la felicidad del más allá.
Pero no
aceptan una Iglesia que se acerque al hombre y sus problemas.
No aceptan una
Iglesia que defienda los derechos de los débiles.
No aceptan una
Iglesia que anuncie y se comprometa con las realidades y estructuras humanas
que atenten contra la dignidad de las personas.
A esta Iglesia
se la acusa de “meterse en política”,
de “perturbar el orden establecido por el
poder y a favor de los poderosos”.
Frente a esta
mala interpretación de la
Iglesia, tenemos que recordar cómo Jesús sintetizó todos los
mandamientos en dos: amor a Dios y amor al prójimo. Esta es la síntesis de la Ley. Y Benedicto XVI en su
Encíclica “Dios es caridad” dice claramente:
“Mi prójimo es cualquiera que tenga
necesidad de mí y que yo pueda ayudar…. El amor al prójimo no se reduce a una
actitud genérica y abstracta, poco exigente en síu misma, sino que requiere mi
compromiso práctico aquí y ahora. La
Iglesia tiene siempre el deber de interpretar cada vez esta
relación entre lejanía y proximidad, con vistas a la vida práctica de sus
miembros”. (DC. N 15) y nos recuerda la parábola del Juicio final “en el cuala
el amor se convierte en el criterio para la decisión definitiva sobre la
valoración positiva o negativa de una vida humana”. “Jesús se identifica con
los pobres, los hambrientos y sedientos, los forasteros, los desnudos, enfermos
o encarcelados”. (id)
También aquí
debiéramos decir como Jesús: “Dichosos
los que no se escandalicen de la
Iglesia” cuando se compromete en la lucha por la justicia
y por la defensa de los derechos humanos.
La Iglesia
no hace política.
La Iglesia
no se mete en política.
La Iglesia
hace “humanidad”.
La Iglesia
hace más humana y digna la vida de los seres humanos.
La Iglesia
no ha sido fundada por Jesús para que “oliese
a cera de altar” ni “a velorios
sentimentales”. Las primeras persecuciones tuvieron como razón que “el cristianismo era un peligro para el
Imperio”. Las persecuciones actuales, camufladas de proceso de desarrollo,
también supone un peligro para los poderosos que buscan enriquecerse despojando
a los pobres de lo poco que tienen. No es promover el desarrollo de los pobres
enriqueciendo más los poderosos. Se promueve el desarrollo de los débiles
respetando sus derechos como personas y dándoles posibilidades de llevar una
vida digna.
Dios ama tanto
la dignidad del hombre que El mismo se quiso hacer hombre. Y eso es lo que
celebramos en la Navidad. Jesús
nace como los pobres y entre los pobres, que fueron los primeros en
reconocerle.
Clemente
Sobrado C. P.

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