Domingo
30 a Domund
Hoy me encuentro frente a dos realidades. El Evangelio del mayor de los Mandamientos y el Domingo del Domund. Y creo que ambos se complementan. Y al querer graficarlos de alguna manera, me viene a la memoria aquellos versos Mons. Casaldáliga que dicen:
“Al final del camino me dirán:
¿Has vivido? ¿Has amado?
Y yo, sin decir nada,abriré el corazón lleno de nombres”
(Casáldiga)
Personalmente
no suelo cargar muchas Agendas. En cambio, tengo un compañero que, cada
comienzo de año, necesita de varios días para pasar el montón de nombres,
direcciones y teléfonos a la nueva Agenda. Y veo lindas las Agendas porque
están llenas de nombres, por tanto, están llenas de recuerdos y de amistades y
de cariños.
El
corazón humano debiera ser también una especie de Agenda donde, como dice
Casáldiga, al final de la vida, cuando nos pregunten “Si hemos vivido y si
hemos amado, nos baste con abrir el corazón y Dios lo vea lleno de nombres”. Y
eso será una de las señales de que hemos vivido y hemos amado.
Escribo
tu nombre en mi corazón cuando te amo.
Lo
borro cuando te olvido.
Por
eso, me imagino el corazón de Dios lleno de nombres, el tuyo, el mío y el de
todos. También los de aquellos a quien nadie llama y a quien nadie lleva en su
corazón.
Los
fariseos que preguntan a Jesús por el principal de los mandamientos, creen que
basta con llevar el nombre de Dios inscrito en sus corazones. Pero la respuesta
de Jesús les modificó el libreto que tan bien lo habían aprendido. En el fondo,
vino a decirles que sí, lo principal es el amor a Dios, pero que el amor a Dios
no era verdadero si no iba acompañado del amor al prójimo. Y que todo el resto
era intrascendente.
Además
les simplificó las cosas, porque frente a los 248 preceptos y las 365
prohibiciones que ellos tenían, Jesús todo lo redujo a dos. Y con ello era
suficiente: “ama a Dios y ama a tu prójimo”. Y además, como dicen los
comentaristas, mediante el adjetivo “homoios” les quiso “indicar que el
mandamiento del amor al prójimo es de igual valor y de igual rango que el
mandamiento del amor a Dios”.
Cuando
quiero saber si de verdad amo a Dios, miro si llevo su nombre en mi corazón.
Cuando
quiero saber si de verdad amo a mi prójimo, me pregunto cuántos nombres llevo
escritos en él.
Cuando
quiero saber a cuántos no amo, miro a mi corazón y veo cuántos nombres he borrado o a cuántos nunca
he escrito en él o cuántos faltan.
Ser
misionero es llenar el corazón de nombres, muchos de ellos que nunca los hemos
escuchado y hasta es posible, que ni sepamos pronunciarlos.
El
misionero, que entrega su vida a la causa del Evangelio por amor a los hombres,
tiene el corazón lleno de nombres, incluso aquellos que ni conoce ni conocerá
nunca, pero que él los sigue amando y sigue dando su vida para que algún día
también ellos conozcan el Reino y a Jesús.
El
corazón misionero es como el corazón de Dios.
No
solo se llena de ciertos nombres preferidos de amigos, sino con los nombres de
todos los hombres y mujeres, niños, jóvenes, adultos y ancianos. No importa la
edad. Tampoco la cultura o su condición de vida.
Porque
el amor ni se fija en el almanaque ni tampoco en las arrugas. Para ser amados
no hace falta hacerse cirugía estética.
Me
encantó el soneto que encontré de A Rodríguez Suárez, que dice:
“El amor es divino, no humano;
del hombre es la más noble condición;
el amor es su cuarta dimensión
que eleva a su cenit al ser humano.
Por el amor vivir puedo en el hermano
y el hermano en mí tiene su mansión,
fundidos en un solo corazón,
donde nadie es distante ni lejano.
Llega el hombre a su meta más subida
cuando hace de su amar amor divino.
Alcanzará la cumbre de la vida
quien siga sin desmayo este camino,
y, al sonar en el gongo su partida,
sabrá bien que el Amor es su destino”.
Y
ahora te dejo, porque voy a repasar cuántos nombres aún no están escritos en mi
corazón sacerdotal.
Clemente
Sobrado C. P.

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