lunes 16 de enero de 2012

La fe en tiempos de crisis


Domingo 3 b del ordinario
No. No es “El amor en tiempos del cólera”. Pero sí es la fe en tiempos de crisis. Todos nos asustamos un poco cuando hay crisis. Por eso me gusta lo que A. Einstein escribe: “La verdadera crisis es la crisis de la incompetencia. El inconveniente de las personas y los países es la pereza para encontrar las salidas y soluciones.
 Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía.  Sin crisis no hay méritos.
 Es en la crisis donde aflora lo mejor de cadauno, porque sin crisis todo viento es caricia. Hablar de crisis es promoverla,  y callar en la crisis es exaltar el conformismo.
 En vez de esto trabajemos duro. Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora que es la tragedia de no querer luchar por superarla”.

Y por eso me gusta el primer discurso de Jesús que da comienzo a su predicación.
Que también eran tiempos de crisis.
Crisis políticas.
Crisis religiosas.
Crisis sociales.
Y Jesús no comienza ni por anunciar más crisis que, en frase de Einstein es “promoverlas”. Pero tampoco las silencia “para no exaltar el conformismo”.
Jesús comienza por algo fundamental:
- por anunciar la fe y abrirnos a la esperanza.
- por anunciar la conversión que es como abrirnos a la esperanza de que no tenemos que ser lo que somos cuando podemos ser otra cosa.
- ni que el mundo tiene que ser lo que es, sino que puede cambiar.
“Convertíos y creed en el Evangelio”.

“Conversión” es anunciarnos que no tenemos que ser lo que somos, porque hay en camino un nuevo dinamismo capaz hacer nuevos a los hombres. 
Es la mejor noticia que se puede dar en momentos de crisis: “hombres nuevos”, “hombres diferentes” para un “mundo nuevo y diferente”.
¿No habrá demasiado conformismo con lo que somos?
¿No habrá demasiado conformismo con un mundo que deja mucho que desear?
¿No habrá demasiado conformismo con una Iglesia que puede ser más auténtica y creíble?
¿No habrá demasiado conformismo en las parejas que se contentan con una felicidad anodina cuando pueden parejas felices?

Ahí está el primer anuncio de Jesús: “convertíos”. La sola invitación ya es:
Un anuncio de algo nuevo.
Un anuncio de que Alguien cree en nosotros con nuestros problemas.
Un anuncio de que Alguien cree en cada uno de nosotros.
Un anuncio que quiere sacarnos de “nuestro conformismo”  o incluso de nuestro “complejo de inferioridad”.
No es el anuncio de que dejemos de hacer esto o lo otro porque están prohibidos. Es el anuncio de que nosotros podemos ser lo que no somos y estamos llamados a ser
Por fin alguien se atreve a decir que tiene fe en nosotros y que nos invita a que también nosotros tengamos fe en nosotros mismos.

Y “la fe en el Evangelio”.
Aún en medio de las malas noticias, no deja de haber “buenas noticias”.
Y El viene precisamente a traernos esas “buenas noticias de Dios”.
Jesús no es de los que comienza por asustarnos con posibles condenaciones.
Jesús comienza por decirnos que:
No creamos a los que anuncian desgracias.
No creamos a los que anuncian infiernos.
No creamos a los que anuncian muertes.
No creamos a los que anuncian que no podemos ser más.
No creamos a los que nos quieren ver achatados.
No creamos a los que todo lo ven pecado.
No creamos a los que todo lo ven como un peligro que hay que evitar.

Sino que creamos al Evangelio, a las “buenas noticias de Dios”.
A las buenas noticias de la gracia.
A las buenas noticias de la salvación.
A las buenas noticias de la vida y la felicidad.
A las buenas noticias de que somos un “sueño de Dios”.
A las buenas noticias del amor que nos hace hijos.
A las buenas noticias de que podemos cambiar el mundo.
A las buenas noticias de que el Reino de Dios es posible.
A las buenas noticias de que podemos ser hermanos.  
Jesús nos pide que, “acabemos de una vez con la única crisis amenazadora que es la tragedia de no querer luchar por superarla”.
No nos dice que nos quitará las piedras del camino. Pero sí nos dice que podemos saltar por encima de ellas.
No nos dice que no tendremos problemas. Pero sí que somos más que nuestras dificultades.
No nos dice que todo se nos dará hecho. Pero sí que nosotros lo podemos hacer.
En una palabra, Jesús comienza por anunciarnos la ilusión, la esperanza. Por anunciarnos que, aún en medio de las crisis, está brotando lo nuevo. Que se acabaron los complejos de inferioridad. Los complejos del “no se puede” y además “no es posible”. Todo es posible para el que cree.

Clemente Sobrado C. P. 

lunes 2 de enero de 2012

Los de lejos ven antes


Dom. Epifanía del Señor  b
Hay cosas bien curiosas en la vida. Y digo esto, precisamente hoy, que celebramos la Epifanía del Señor. Aunque parezca mentira, no suele ser raro que, uno se entere de cosas que pasan en casa, a través de los de afuera.
Cuando era estudiante de teología, era frecuente escuchar hablar de “radio cocina”. Es que, no sé por qué razones, el cocinero era el primero en enterarse de las noticias
Si quieres enterarte de tus defectos, es posible que llegues a conocerlos por los demás, antes que por ti mismo. Incluso, hasta es posible que, no sean precisamente tus amigos quienes te avisan, sino tus enemigos o aquellos que no tienen simpatía por ti.

Como también sucede que nosotros mismos nos enteramos antes de lo que acontece en la calle que lo que está pasando dentro de casa. ¿Será porque miramos lejos y nos olvidamos de mirar lo que tenemos a nuestro lado? Estoy pensando a aquel padre de familia, amigo mío, que un día me llamó desesperado. El tenía una gran fe en su hijo. Hasta que un día, uno de los vecinos le abrió los ojos diciéndole: “ten cuidado, tu hijo consume droga”. ¡Imposible, respondió él! Pero aprovechando la ausencia del hijo se fue a su cuarto y se dio con la sorpresa de encontrarle nada menos que un cuarto de kilo de “pasta básica de cocaína”.

La fiesta de la Epifanía bien pudiéramos calificarla como la “fiesta de los que vienen de lejos, cuando los de cerca ni nos  hemos enterado”.
Estos misteriosos personajes vienen de lejos.
Dicen que de “Oriente”.
Estos “ha visto salir su estrella”.
La han visto desde lejos.
En tanto que los de cerca están demasiado ocupados para mirar a las estrellas.

Los de cerca, a escasos kilómetros, no se han enterado de nada.
No han visto estrella alguna.
Ni se han puesto en camino.
Tienen que ser los de “lejos”, los que sorprenden a todo Jerusalén con la noticia.
Tienen que ser los de “lejos”, los que “sobresaltaron” a Herodes.
Tienen que ser los de lejos los que “preguntan”, “buscan” y “encuentran primero”.

¿Será que nos hemos acostumbrado a lo de cerca y ya no le damos importancia?
¿Será que nos hemos acostumbrado a lo de siempre, que nos impide ver lo nuevo?
¿Será que nos hemos acostumbrado a la rutina de todos los días, que no somos capaces de abrir los ojos a la novedad que tenemos delante de nuestros ojos?

Nada más cerca de nosotros que nosotros mismos.
Y es posible que tengan que ser los de fuera los que nos digan nuestras verdades y nos recuerden nuestras mentiras.
Nada más cerca de nosotros que el Dios que nos habita, y tenemos que preguntar a los demás por él y donde encontrarle.
Nada más cerca de nosotros que la Iglesia, de la que somos miembros, y necesitamos que sean los que no creen los que nos abren los ojos para que podamos enterarnos de que se está envejeciendo y que el polvo y la ceniza de los siglos están cubriendo las brasas que aún quedan, pero que les impide calentar el ambiente.

Acabo de leer una frase de Henry Boyle que dice mucho: “El viaje más importante que podemos hacer en la vida es el de conocer a otro en el camino”.
Y que personalmente traduciría así:
“El viaje más importante que podemos hacer cada día es enterarnos de lo que pasa a nuestro lado”.
“El viaje más importante que podemos hacer cada día es enterarnos de que Dios acaba de hacerse hombre y encarnarse en nuestra naturaleza ahí mismo cerquita de nosotros”.

Es importante lo que sucede en cualquier parte del mundo.
Pero comencemos por enterarnos de lo que sucede a nuestro lado.
Que Dios nunca es de los que está tan lejos sino de los que se revela muy cerca de nosotros.

Dios se nos mete por los ojos. Pero los tenemos cerrados.
Dios se nos mete por los oídos. Pero los tenemos taponados.
Dios se nos mete por el corazón. Pero lo tenemos insensible.
A Dios lo tenemos en casa. Pero nosotros lo buscamos viajando.
A Dios lo tenemos en el que está a nuestro lado. Pero nosotros lo buscamos en los que nunca conocimos.

La Epifanía es la fiesta de los que vienen de lejos y llegan antes.
La Epifanía es la fiesta de los que viven cerca y no llegan nunca.
La Epifanía es la fiesta de los que nos “despiertan” a los que nos dormimos sin enterarnos de lo que sucede en nosotros mismos y en los que están con nosotros.
¡Bienvenidos los de lejos para que nos enteremos los de cerca!
¡Bienvenidos los de lejos para que preguntemos los de cerca!
¡Bienvenidos los de lejos para que abramos los ojos los de cerca!

Clemente Sobrado cp.

lunes 26 de diciembre de 2011

Las flores vuelan


Año Nuevo 2012
F. Elorriaga S. J, en su simpático libro “Pintando lo invisible” tiene un capitulito inocente pero lindo.
“Dijo un niño: “¡Las flores vuelan!”
Le contesté: “¡Estás soñando!”
Pero las he visto, repitió el niño: “¡Las flores vuelan!”.

Llévame contigo, le dije, por si es verdad lo que me dices.

Mira, ¡ahí está la flor que vuela! ¿A que no la coges.
En realidad no pude cogerla.
El niño llamaba “flor que vuela” a lo que en realidad era una mariposa”. (Pág. 67-68)

También quisiera citar aquí las palabras de Matilde Gastalver, escribiendo sobre su sobrino que nació sordo, y que tiene sentido para muchas aplicaciones en la vida.
“No me entristece que un árbol viejo haya muerto, porque anida mil vidas en su interior, porque mil aves habitaron sus ramas, porque es testigo vivo de una misión cumplida, de lo dado gratuitamente y me parece igualmente bello y vivo en su naturaleza muerta, como un icono de lo que es la vida después de la muerte. Pero sí me cuesta pensar que el árbol recién plantado no fue dotado para entrar a la vida”.

Quiero recordar estas breves y simpáticas líneas y estas dolorosas experiencias de los niños, ahora que comenzamos un año nuevo. Es posible que frente al nuevo año se den muchas reacciones:
Un año más: la vida seguirá igual.
Un año más: otro año de sufrimiento.
Un año más: otro año de luchar en vano.
Un año más: otro año de ilusiones perdidas.

Pero no todos viven del pesimismo y la desesperanza.
Un año más: trescientas sesenta y cinco días de posibilidades.
Un año más: en el que todo puede cambiar.
Un año más: en el que yo puedo crecer y mejorar.
Un año más: en el que yo puedo hacer muchas cosas maravillosas.
Un año más: en el que yo puedo comenzar un camino de ideales.
Un año más: en el que yo puedo llegar muy lejos.

Es preciso comenzar el año:
Con alma de niño.
Con corazón de niño.
Con ilusiones de niño.
Con ojos de niño.

Porque donde los demás vemos mariposas, el niño veía flores.
Porque las mariposas se parecen mucho a las flores por sus colores.
Donde los demás vemos flores en el jardín y nos duele que alguien las corte, el niño las prefiere ver volando.
Porque donde los demás preferimos ver a las mariposas disecadas, el niño quiere verlas vivas, volando.
Porque donde los pesimistas vemos imposibles, el optimista ve posibilidades.
Porque donde los pesimistas vemos dificultades, el optimista ve oportunidades.
Porque donde los pesimistas vemos que todo sigue igual, el optimista descubre que todo puede cambiar.
Porque donde los pesimistas vemos que ya hemos llegado, el optimista reconoce que aún queda mucho por andar.
Porque donde los pesimistas vemos que nada va a cambiar, el optimista lo descubre todo nuevo.

Un Año Nuevo no es para quedarnos en el viejo que ya pasó.
Un Año Nuevo es para soñar nuevas primaveras.
Un Año Nuevo no es para desalentarnos por lo que falta de camino.
Un Año nuevo es para despertar el fuego de la esperanza que apunta a la meta.
Un Año Nuevo es para soñar cosas nuevas.
Un Año Nuevo es marcarnos nuevos horizontes.
Un Año Nuevo es para sentir que pudimos hacer muchas cosas que no hemos hecho.
Un Año Nuevo es para sentir que aún podemos recuperar el tiempo perdido, el espacio perdido.
Un Año Nuevo es para soñar lo que Dios aún puede hacer en nosotros.
Un Año Nuevo es para soñar los sueños de Dios.
Un Año Nuevo es para soñar que los días pueden ser mariposas convertidas en flores que vuelan.

No dejes que la dura realidad apague tus esperanzas e ilusiones.
No dejes que la dura realidad del pasado te impida dejar que tu mente y corazón se hagan mariposas y flores que vuelan.
Porque la verdadera medida de nuestra vida no es el año que pasó, sino el año que comenzamos.
Porque la verdadera medida de nuestra vida no es lo que fuimos sino lo que aún podemos ser.
No dejes que el pasado sea el cementerio de tus sueños, sino la tierra donde siembres nuevas esperanzas.
¡Feliz Año Nuevo a cuantos ven volar las flores!
¡Feliz Año Nuevo a cuantos ven despertar su corazón en nuevos horizontes!
¡Feliz Año Nuevo a cuantos saben transformar sus días en flores que vuelan!

lunes 19 de diciembre de 2011

Carta de Papá Dios en Navidad


Domingo de Navidad b
Querido hijo Jesús: Soy tu Padre. Tú ya me conoces. Hace tan poquito que te fuiste al mundo para hacerte uno más de mis hijos los hombres, que a mí me parece una eternidad. Sí, ya sé que tú sigues aquí con nosotros.
Pero al verte Niño en el mundo, siento como si te hubieses ido y hubieses dejado un vacío en el cielo.  Creo que, ni tú ni yo nos imaginábamos lo duro y lo difícil que sería el nacer como hombre y hacerse compañero de los hombres.
Me dicen que nadie salió a recibirte… Y además, según me ha contado tu evangelista Juan ni siquiera te reconocieron. Es decir, te dejaron nacer como a un cualquiera. Me informaron que como José era un indocumentado en Belén, nadie le abrió la puerta de su casa y tuviste que nacer en un establo de animales.

La verdad, Hijo, que lo siento. Lo siento por ti y también por ellos. Pero a la vez, todo esto me da una gran alegría, porque, al fin y al cabo, en el fondo, eso era lo que los dos buscábamos:
Estar cerca de aquellos que más lejos están.
Estar al lado de quienes no tienen a nadie con ellos.
Estar al lado de los más abandonados a los que nadie abre las puertas de su casa.

Cuando pienso lo bien que estábamos todos aquí en el cielo y verte ahora en un pesebre, como que mi corazón se enternece.  Y se enternece por el amor que siento por los hombres.  Y también por el amor que tú les tienes.

Con frecuencia suelo escuchar decir a los hombres que yo estoy lejos de ellos, que no los escucho, que no me interesan sus problemas. Y tú, querido Hijo Jesús, tú eres la mejor prueba de que estoy bien cerquita de todos ellos. Tan cerca que somos ya uno de ellos y uno como ellos.
Al mirarte desde aquí recostado en el pesebre pienso que ya no podrán decir que nosotros no sabemos lo que es la pobreza, ni lo que es la soledad de una noche fría, ni lo que es carecer de todo.

Hace unos momentos sentí que en torno a tu cueva había mucho movimiento. Me di cuenta de que eran los pastores de las cercanías. ¿Te has dado cuenta de cómo la gente de corazón sencillo entiende lo nuestro? Estaban dormidos y al despertarse con el canto de los ángeles se levantaron y se pusieron en camino hasta encontrarte.
Sí, ya me di cuenta de la sonrisita que les regalaste a cada uno. No te imaginas lo contentos que volvieron a sus rebaños. Parecían otros. Todos sentían en su corazón la fiesta de tu nacimiento.

Tu amigo, el evangelista Juan me cuenta que la gente no te reconoció. Que vio en ti un niño más. ¿Te das cuenta, Hijo, cómo tú y yo llegamos al corazón de los hombres casi en silencio, casi sin que se enteren?  No me hubiera gustado que la gente se hubiese organizado para hacerte un gran recibimiento. Hubieras sido como ellos.

Ya lo irás aprendiendo, a los hombres les gusta mucho llamar la atención. Les encantan las grandes manifestaciones y los aplausos. Pero nosotros hemos logrado lo que queríamos: estar junto a ellos, pero que a la vez tuviesen que buscarte. Estar a su lado y a veces pasar desapercibidos. El amor no necesita de ruidos, ¿verdad Hijo?

Te cuento que, cuando naciste, yo estaba mirando desde el cielo. Y de repente, vi cómo la cueva se iluminó. Tenía un resplandor único y que sólo podían ver los que tenían un corazón limpio y unos ojos limpios. Vista desde el cielo, la cueva parecía un incendio de amor.

Espero que algún día me cuentes cómo sentías las pajas del pesebre raspando tu cuerpo débil. ¿Y el frío? Para ti tuvo que ser toda una novedad. Acostumbrado a este calor del cielo, el frío de la tierra debe ser bien antipático. Pero yo te conozco. El calor de tu corazón suple con creces el frío del ambiente y de la falta de comodidades.

Bueno, Hijo Jesús, mientras estés con los hombres tendremos que ver la manera de cómo estar en contacto cada día. Yo sé que tú no puedes vivir sin mi calor de Padre, pero también sabes que tu Padre Dios tampoco puede vivir sin el calor y el cariño de su Hijo.

Ya sabes, cuando quieras hablar conmigo, retírate un momento a orar y sabes que allí estaré pronto para la cita. En todo caso, siempre estaré en tu corazón como tú lo estás en el mío.

Ah, se me olvidaba.  No dejes de decirles a los hombres que los quiero mucho.
Los amo mucho.  Que no importa lo mal que te han recibido.
Yo los sigo queriendo igual. Es posible que muchos no te crean. No te preocupes. Tú insiste en decirles que también ellos tienen un Dios Padre en el cielo que los ama tanto que hasta les ha enviado a su propio Hijo al que tanto ama. Diles que les amo como te amo a Ti mismo. Y diles que también les envío mi felicitación:
¡FELIZ NAVIDAD!
Un abrazo, Hijo, y muchos cariños de tu Padre Dios en esta “nuestra Navidad 2011”.

Clemente Sobrado C. P. 

martes 13 de diciembre de 2011

Se llamaba Myriam y era mujer


Domingo 4 b adviento
Era una mujer del pueblo. La conocían como Myriam. Tal vez era lo único que conocían de ella. Las mujeres tienen la capacidad de pasar desapercibidas.
Hubo dos miradas que la sacaron del anonimato.
De ese anonimato de las mujeres que cada mañana van con su cántaro a la fuente. Fue la mirada de José que en su corazón la eligió como esposa.
Y fue la mirada de Dios que le escogió como a la madre de su Hijo.
Aquella mañana Myriam había acudido con su cántaro a la fuente como todas las mañanas. Era una mañana como cualquier otra. La sorpresa llegó luego inesperadamente, cuando el Angel entró en silencio junto a ella y la saludó con el saludo de Dios. “Alégrate Myriam, eres la llena de gracia, le has caído muy bien a Dios porque estás llena de gracia, y te pide prestado tu seno virginal, para en él encarnar a su Hijo”.

En ti se va a hacer el milagro de la vida.
El milagro del Espíritu Santo que fecundará tu seno virgen y te convertirá en Madre.
No importa lo del varón.
Dios no necesita de varones para llevar a cabo la encarnación de su hijo.
Pero sí te necesita a ti.
Es a ti, a quien Dios ha elegido para ser el altar de la primera eucaristía de la historia. La eucaristía que transforma la humanidad en carne de Dios.
Más tarde será la eucaristía del pan.
Ahora es la eucaristía de la carne humana de Dios.

Y uno se queda admirado ante la maravilla de una mujer sencilla, convertida en la mujer-madre del Dios “hecho carne”.
Y ahora no entiendo que sea precisamente la mujer la que esté prohibida de ser también la mujer “de la eucaristía del pan”.
Puede ser la mujer de la “eucaristía del Dios que se humaniza”, pero no puede ser la mujer del Dios que “se encarna en el pan y el vino”.

Ella fue la que hizo realidad la “plenitud de la promesa”.
En su vientre comenzó Dios a saber lo que era ser inquilino, nueve meses, en el cuerpo de una mujer.
Y de su cuerpo virginal, Dios pasaría a hacer la experiencia de una cuna que era un pesebre, donde todo olía a heno, donde todo olía a pobreza de pastores.

Dicen que para ti, mujer, está vedado el “sacerdocio ministerial” que consagra el pan y el vino y los hace carne y sangre de eucaristía.
Y sin embargo, tu mayor sacerdocio fue convertir la condición humana en carne de Dios, en sangre de Dios, para la salvación del mundo. Por eso, tu Hijo se llamará Jesús.

Tal vez, la encarnación sea la mejor expresión de eso que sutilmente nosotros hemos calificado de “sacerdocio común de los fieles”, ya que las mujeres no pueden pretender el “sacerdocio ministerial” de los hombres.

Un “sacerdocio común”, nacido del bautismo, y opacado y casi olvidado y absorbido por el “sacerdocio ministerial”. Pero ambos “sacerdocio”.
Por ese “sacerdocio común”, una mujer consagró en su seno la “humanidad en cuerpo del Hijo de Dios” al que  “pondrás por nombre Jesús”.
Por el “sacerdocio ministerial”, los hombres ordenados, consagran en sus manos, el “pan en el cuerpo” de Jesús.
El “sacerdocio ministerial” nos lo regala Dios a través del ministerio de la Iglesia y la ordenación sacerdotal.
El “sacerdocio común” nos lo regala Dios a través del Bautismo.
El “sacerdocio común” de María se lo regaló Dios mediante el anuncio del Angel y la acción del Espíritu Santo, que la “cubriría con su sombra”.
Por el “sacerdocio común” una mujer hizo presente a Dios en la carne humana. “El Verbo se hizo carne”.
Por el “sacerdocio ministerial”, un sacerdote hace presente a Dios en un pedazo de pan y un poco de vino.

Anunciación y encarnación son la mejor revalorización de la mujer por parte de Dios.
La saluda con saludo personal y único.
La reconoce como “la llena de gracia”.
La que le cae bien a Dios.
La reconoce como a su “elegida”.
La reconoce en su libertad pidiendo su consentimiento.
La convierte en el comienzo de la plenitud de los tiempos y de la promesa.

Mujer, tu dignidad, tus derechos y tu verdadero lugar en el misterio de la salvación, están reconocidos como, la Carta de los derechos de la Mujer, firmada por el mismo Dios y sellada por el Espíritu Santo y publicada en el nacimiento de tu Hijo Jesús en la Navidad.

Clemente Sobrado C. P.